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14.11.2006
Aimandú

Aimaidú, aimaiduuuuuu . - Sopló el viento en las incipientes hojas de los robles y entre los troncos blancos de los abedules.

Aiiiimaiiiiiidúuuuuu.- escucharon entre los brezos la liebre y el zorro. Aaaaiiiiimaiiiiiiidúuuuuuuuu....-Sintió la niña en el viento cuando abrió la ventana. Su hermana pequeña se acerco y lo pronunció con su vocecita clara y aguda : - ¡¡ Aimaidú!!.-

-¿ Habrá regresado ya ? - se preguntó la niña mayor.

Pasados muchos años, una tarde mientras merendaban en el campo, aquella niña, siendo ya adulta, contó la continuación de esta historia a sus hijos y sobrinos.:

"Fue durante la anterior primavera, la primera que pasamos en la casita del monte, cuando mi hermana menor y yo conocimos a Aimaidú. ´. Fue después de que las lluvias empaparan la tierra sin cesar durante casi un mes, y de que el viento azotara con fuerza los arboles del bosque y lanzara con furia la lluvia contra los cristales de la casita. Entonces, de repente un día ya no llovió mas y el viento sopló tímidamente al amanecer y luego paró. En las nubes aparecieron claros de cielo azul y no tardo en salir el sol. Recuerdo que me faltaban un par de dientes, pues ya tenía seis años y pico (mi hermana solo tres) y que nos pusieron nuestros abrigos y nos dejaron salir, después de muchos días, a jugar al prado que rodeaba la casita, en los lindes del bosque. En seguida echamos a correr y a reír descubriendo las flores nuevas que habían salido entre la hierba las velloritas , los botones de oro ,las primaveras , las azulinas.... Así llegamos hasta la zona del bosque cercana al riachuelo , y allí fue donde sentimos su risa cantarina y alegre como un cascabel.

 ¿ Quien ríe ¿ – preguntó mi hermanita . 

Curiosas nos acercamos mas al bosquecillo de abedules jóvenes que crecían allí. Oímos otra vez el tintineo de su risa , y otra vez mas , y otra , pareciéndonos por fin que salía del abedul mas grueso de los de aquel grupo , lo bordeamos y casi ni nos sorprendimos al encontrar aquel niño chiquito que apenas aparentaba dos años de edad , acurrucado en el hueco de una hendidura del abedul . Nos miró , por un momento seriamente , pero enseguida sus ojillos verdes chispearon de alegría y volvió a reír ; de un saltito salió del árbol y entonces vimos mejor la maravillosa luminosidad de su piel blanca y el brillo de su cabello que se confundía con los rayos del sol que atravesaban las hojas de los arboles ; iba descalzo , pero no totalmente desnudo , pues una faldilla verde se sujetaba a su cintura . Era Aimaidú.

Nos toco con el tacto mágico de sus manitas y nosotras reímos también.

- ¿ Estas solo ¿- le pregunté .- ¿ No tienes mamá?

En respuesta Aimaidú volvió sus ojos hacia el esbelto abedul de donde había salido, y como por encantamiento surgió una hermosa joven de largos cabellos dorados prendidos en hojitas de abedul, envuelta en ropajes que parecían hechos de aire y de luz .Se acercó al niño y lo recogió con ternura en su manto etéreo .

-Soy Veda .-Nos dijo – la madre adoptiva de Aimaidú -.

Hablamos mucho con ella aquellos días y fue ella misma la que , ante nuestras incesantes preguntas , nos contó su historia .

 Aimaidú nació del deseo de un hada ¿ Sabéis? 

Su madre era el espíritu , o hada , o dríade , o dama blanca (que todos esos nombres son suyos) de un gran abedul que estaba en la tierra en la época en que los hombres daban sus primeros pasos por este planeta. Este hermoso ser, en su amor grande, deseó tener un hijo a la manera de los hombres y mujeres que vivían en su proximidad, y en base a su amor, su deseo le fue concedido por Dios Padre, creador de todas las cosas; y así fue como se formó Aimaidú en su interior, en un largo invierno de los tiempos primitivos. Al llegar la primavera el pequeño ya estaba listo para salir al exterior, y cuando nacieron las primeras flores, un día a la hora del alba, Bedu-Lis, su madre, lo envolvió junto a sí en su manto grande, y lo presentó a todos los demás seres del bosque. Bor y después Cefis, su hermano, señores del viento, lo tomaron en sus brazos y quisieron ser sus padrinos. Así fue como Aimaidú de Lis comenzó sus andanzas en este mundo.

Los vientos le enseñaron a correr y a cantar, a volar entre sus brazos y a silbar en los idiomas de sus pueblos. Su madre le enseñó a amar; a amar la luz del sol y el agua de la lluvia y la que brota de la tierra; a amar el canto de los pájaros y el silencio de la paz interna; a amar a los animales y a los hombres también.

Nos explicó que Aimaidú crece rápido durante la primavera, pasando de ser un bebé que apenas si gatea a tener el tamaño de un niño de unos seis o siete años al empezar el verano, y parecer un mocito de unos doce o trece cuando éste acaba. A mediados del otoño cuando ya debe retirarse a su abedul de nuevo, su aspecto es el de un adolescente espigado y fuerte. Durante los meses de primavera y estío, Aimaidú juega y ríe, bromea con sus hermanas, las damitas de los pequeños abedules, canta con los numerosos hijos de los azules pueblos del viento, juega a carreras con los zorros, las liebres, los jabalíes y los corzos; nada con las truchas del riachuelo y observa con curiosidad a los hombres que se acercan a su entorno. Pero al llegar el otoño, se vuelve callado y retraido, parece que ha madurado de repente, aunque es solo que su naturaleza , unida a los bosques caducifolios, le pide retirarse a su interior, y entonces ocurre el milagro; allí dentro, en el tronco del abedul que ha escogido como madre (pues Bédulis, aunque vivió muchos más años que un abedul corriente, hace mucho que desapareció) se vuelve niño otra vez, mientras su madre adoptiva le cuida, le arrulla y le nutre, para volver a sacarlo en mantillas cuando renazca la primavera. Es un honor para un bosque tener Aimaidú como habitante, pues la armonía reinará en él mientras se encuentre allí. Es un honor para una dama blanca ser elegida como madre adoptiva, pues será princesa entre las de su especie mientras viva pues Aimaidú nunca abandona a quien ha elegido.

Por eso fue de mucha pena lo que sucedió aquel año, en agosto, cuando hacía pocos meses que conocíamos a Veda y su hijo. Una mañana mientras desayunábamos vimos cómo nuestro padre se ponía la chaqueta y tosca y vieja que usaba para las tareas campesinas.

 ¿A dónde vas papá?. 

Quiero construir un paso en el riachuelo y para eso tengo que cortar un par de arbolitos que molestan, y mejor lo hago ahora que aún está fresco el día.

 Cuando nos respondió aquello no pensamos lo que realmente iba a suceder y seguimos tomando tranquilamente nuestra leche con tostadas.

 Después fuimos a jugar bajo el manzano que estaba frente a la puerta de la cocina. Al cabo de un rato salió nuestra madre a pedirnos que avisáramos a papá, por algún motivo que ya no recuerdo, allá en el riachuelo.

 Corrimos las dos sin mucha prisa y poco antes de llegar paramos la carrera en seco , ante lo que nuestros ojos veían : nuestro padre había talado el árbol adoptivo de Aimaidú .

No podía ser posible aquella desgracia , pensábamos ¿ que sería de Veda ¿ ¿ donde estaría Aimaidú ¿, lo buscamos con angustia . Por aquellos días era algo más alto que yo , pero no siempre se dejaba ver ; de pronto un sonido , como una música melancólica , nos dirigió la atención hasta la copa de un viejo saúco ; allí estaba Amaidú bamboleando sus blancas piernas sobre nosotras .

 ¿ Lloras Aimaidú ? .
 

Vuestro padre ha cortado mi árbol . Ha enviado a Veda con el gran espíritu.- Dijo el niño. Nunca hasta ese momento lo habíamos visto triste. 
  

Lo sentimos mucho . ¿ Ahora que harás tu ?¿qué podemos hacer nosotras por ayudarte?.
 

 Con Veda solo llevaba tres años , nunca había tenido una madre por tan poco tiempo . Ahora tendré. que buscar otro abedul . Antes de que caiga la noche. ¿Podeís vosotras convencer a vuestro padre de que no lo corte?. 
 

¡ Sí lo haremos ¡ – prometimos , ansiosas de poder ayudar .
 

Nuestro padre ,que primero reaccionó atónito por nuestra desesperación ante los restos del abedul , después se mostró complacido por nuestro interés en los árboles , y consintió de buen grado que tuviéramos el de Aimaidú bajo nuestra protección . Por eso la siguiente primavera esperábamos ansiosas su vuelta , y cuando oímos su nombre en el viento supimos que ya podíamos ir a verlo . Nos echamos la bata sobre el pijama y salimos al prado ; allí estaba el árbol de blanca corteza , y a su lado , sostenido por la dulce Ada – Lis su nueva madre , Aimaidú asomaba su cabecita de bebé entre el manto verde del hada.

 La mujer acabo de contar la historia y se dió cuenta , que uno de los niños pequeños había salido corriendo y abrazando al árbol que quedaba tras ella , había pegado su oreja tratando de escuchar .

 Sí , Lucas – le dijo sonriendo – ese es el abedul de Aimaidú.
 

María
La casa del Alba

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